Un día más

Te despiertas como cada día, a las 6 de la mañana. Te pones el uniforme, sales de casa. Pides un taxi, llegas al destino antes de lo normal.
Entras, te preparas un café y charlas con tus colegas. Te llega un mensaje. Te asignan un número. Lo preparas todo, lucecitas por allí, botones por allá. Olor a plástico y metal. Pero un olor agradable. Un olor que invita a estar allí.
Te sientas y comienzas la jornada.
Chirridos provocados por el acero. Pero a tí no te afectan, solo miras por el espejo. Una señora mayor con la bolsa de la compra. Te toca esperar. Luego un joven con la bicicleta. No le puedes decir nada, ya se lo dicen los de seguridad.
Poco después, oscuridad. Luces tenues te alumbran el camino. Te sientes cansado. Un pitido cada 43 segundos te mantiene alerta.
Luz de nuevo. Salen los rayos por el horizonte. Pero eso ya no importa. Lo que importa es que hay alguien mirando el móvil y caminando hacia la nada. No sabes sus intenciones, pero utilizas tu intuición.
Un sonido fuerte, grave, que retumba, seguido de uno infinitamente más agudo y metálico. El chico levanta la cabeza. Guarda el móvil en su bolsillo. Pasa el tiempo.
Tres luces rojas parpadeando. Tu cuerpo se ve tirado hacia delante por la inercia. Sales de tu cómodo puesto de trabajo para socorrer a la señora de la bolsa de la compra. Desplomada. Botiquín. Llamadas de teléfono. Quejas. Tweets. Reclamaciones. Grabaciones.
Llegas al destino.
Un compañero de trabajo te sustituye. Otra notificación al móvil. Tienes que volver a casa. Ha sido un día largo.
Llevar a cientos de personas dentro de una caja de metal de 300 toneladas no es fácil. Tú lo sabes. Pero nadie lo sabe.

Andrei Ciulianu
Escribo sobre cualquier cosa, especialmente informática.
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